Cuando muere la Gala en 1983, el genio quedó desolado y decidió habitar el castillo de Púbol, el último y verdadero hogar de Gala,
al que el esposo sólo iba previa invitación.
Allí la musa escondió su soledad, lloró su vejez y una decadencia,
que se hizo insoportable en Port Lligat –hoy convertida en casa museo de Dalí-
cuando en los años ’70 el pintor reemplazó a su sempiterna modelo, por otras jóvenes desnudas.
Gala vio en el espejo de su tocador su rostro derretirse como la cera
y se aisló para que Dalí no la viera envejecer.
Sin ella, el desamparo del pintor, que la sobrevivió seis años, se hizo evidente.

Salvador Dali